Críticas

Patios interiores que transitan lo sinuoso
Por María Comito

Los patios interiores
De Gustavo Di Pace.
Libris 2003.

Los patios interiores está construido en cuatro partes-patios y doce cuentos. El libro lleva el nombre del primer cuento. En él, el personaje carga sobre sí un acontecimiento que le impide correr las cortinas para mirar a través de la ventana los patios interiores, literal en texto. De este modo se plantea algo a develar, un suceso, un detalle, que sin ser extraordinario funciona en apertura:

“Fue aquel 11 de octubre del 95 cuando ensimismados en una tarde insoportable, decidí entonces correr las cortinas y mostrarle los patios interiores.”

Esta apertura implica abrirse hacia un mundo subrepticio, subyacente, hacia un lugar misterioso pero indefectible.

De este modo el primer cuento abre el libro y esta apertura abarcará todos los relatos, abordando en cada uno de ellos ese laberinto que los personajes deberán franquear.
Por lo tanto se puede decir que la temática del libro de “los patios interiores” es un espacio a develar, y que, en cada uno de los cuentos, hay un tópico insospechado de esa versión.

En éste, su primer libro, Gustavo Di Pace trabaja con personajes no convencionales que transitan lo sinuoso, eludiendo en el relato el conflicto tradicional.


Publicado el 10-10-2003

 

Jorge Ariel Madrazo
(poeta y narrador)

SOBRE LOS RELATOS DE GUSTAVO DI PACE

"Un pasado, un presente y un futuro hechos de la misma sustancia...". La frase, que asalta al lector desde un pasaje de «Don Orlando», de Gustavo Di Pace, brinda una aproximación posible al clima espiritual de este narrador. A su universo personal.

Se sabe: cada escritor mastica unas cuantas obsesiones que se traducen -en el mejor de los casos- en voz propia, intransferible. Di Pace sorprende por la riqueza imaginativa, la eficacia de las imágenes, la precisión de un lenguaje que sabe dar cuenta de la extrañeza de todo, de lo fantasmal que acecha al dorso del cotidiano vivir; en el revés de la mal llamada "realidad". Porque, lo ha señalado el poeta Vicente Huidobro, la realidad es también lo que no es, lo que no fue pero acaso habrá de ser. Un espacio de ensueños, pesadillas, metamorfosis; lo más corriente volviéndose lo-Otro.

Estos relatos, muchos de ellos muy breves, vuelan por sobre cualquier anécdota fácil: lo de Di Pace es la elipsis, lo no dicho, lo invisible. Lo extraño que habita del otro lado del espejo y que otorga verosimilitud, por ejemplo, al curioso estado de Blas Mazzone, en constante y opresiva vigilia tras haber aprendido -¿privilegio o condena?- a no dormir; a no ser como los demás. En otro tramo del libro, quizás la congoja se manifieste en un llanto que deviene olas, amarillo jugo de limón; congoja redimible por un par de bellos pies femeninos, "dos pequeñas formas de la naturaleza." Como sea, en tan notable galaxia narrativa uno de los textos que más llegó a quien esto firma, es «Los patios interiores»: esa "conciencia tubular" del protagonista, esas "alas de alquimia" exacerbadas por un episodio trágico. Una angustia que halla su par, su alucinante réplica en cierta señora que, como el personaje del cuento, también combate a los patios interiores inundando su vivienda con lámparas. Clima exasperado que recuerda, ¿por qué no?, al del gran uruguayo universal Felisberto Hernández.

Jorge Ariel Madrazo
(poeta y narrador)

 


Mi yo multiplicado, de Gustavo Di Pace, por Juan José Burzi


de Los asesinos tímidos, Revista de crítica y opinión literaria, número 23, diciembre de 2011

Un autor bonaerense no encuentra editorial donde publicar su segundo libro de (oh, el horror!) cuentos. Ese autor finalmente publica su libro de cuentos, pero por una editorial cordobesa, la siempre interesante Alción Editora. Ese libro de cuentos es presentado en Buenos Aires. Ese libro de cuentos llega a mis manos. Su título es Mi yo multiplicado, y contiene siete cuentos; su autor, Gustavo Di Pace.
Paria como él en el género cuentístico, a priori siento simpatía por el libro y a la vez guardo cierta reserva. Años de organizar un ciclo de lectura de cuentos me han provisto de los anticuerpos necesarios para todo tipo de esperanza ante autores desconocidos. Se escribe mucho, escribir es fácil y barato, con una hoja y una lapicera alcanza, mucho de lo que se escribe es aburridísimo. Di Pace es un buen tipo, pero si su libro no me gusta quizá perderé a un buen tipo.
En definitiva, abordo el libro por su último cuento, El escultor, y me sorprende. Es un cuento irónico, gracioso, que me hace reír a pesar de ser de risa difícil. A la vez, el personaje del relato sufre y su realidad no es graciosa, es patética. Es un psicólogo que, atrapado en una paranoia galopante decide “defenderse” de sus pacientes “esculpiéndolos” a su piacere hasta llevarlos al suicidio.
Avanzo con el libro, o mejor dicho, continúo salteando cuentos. Voy a El llamado de Theda, el tercer relato del libro y uno de los más inquietantes. Desde su inicio, Di Pace propone al lector que se meta en la historia sin más: “Theda me lo dijo; después, cortó sin mayores explicaciones.” Una forma clásica y recontra vista de comenzar un cuento, pero no por ello menos efectiva. Lo mismo sucede con Amenaza en la estación Martinez, donde desde la primera línea sabemos que lo que va a suceder no va a terminar bien, pero igual leemos. Leemos porque Amenaza… es una historia contada por el protagonista en forma de guión, una triste historia de amor que este pobre tipo terminará de la manera más absurda, como absurda es la vida.
Y es ese absurdo como realidad final que en parte recorre los cuentos de Di Pace, que nos hace sonreír con amargura y algo de lástima por sus personajes, solitarios, torturados, pero a la vez queribles. Como el protagonista de Lorena, que se obsesiona y ¿enamora? de Lorena, que es una Boa Constrictor. Y ahí también sabemos que la cosa puede terminar mal, y vemos como el personaje principal hace todo para que así sea. Lorena inspira tanta ternura como su dueño, y como todos los personajes de Di Pace. Porque pueden estar muy locos (y en general lo están, alienados de esto que llamamos realidad), pero lo que no se puede decir, es que son malos tipos.
Y ya que estoy con eso, me alegra haber terminado el libro de Di Pace con dos certezas: La primera es que no voy a dañar el orgullo de un buen tipo, ya que Mi yo multiplicado me pareció un librazo con todas las letras; la segunda es que si quienquiera que lee esta nota no hace algo por leer alguno de estos cuentos, se está perdiendo la oportunidad de descubrir un autor “nuevo” y talentoso.

Fuente:  http://losasesinostimidos.blogspot.com/

Juan José Burzi

 

Esteban Ierardo


MI YO MULTIPLICADO, de Gustavo Di Pace, Alción Editora, 2011

La literatura es un tejido de muchas voces escritas. Algunas de ellas no pasan del esbozo, del germen trunco. Otras  nacen ya como voces que empiezan una canción singular. Ejemplo de esa voz que modula una aventura creativa propia es la que resuena en Mi yo multiplicado, de Gustavo Di Pace. En contra de la tendencia actual a la simplificación expresiva, a la disolución de la complejidad o el empobrecimiento del vocabulario, Di Pace conserva y multiplica las buenas artes del escritor artista. El escritor que, como Di Pace, es hacedor de la frase elaborada y sugerente, y de finos análisis psicológicos; y constructor también de atmósferas trascendentales a partir de temas que brotan de la vida cotidiana. Di Pace sabe hacer de la frase una cuerda sensible que no describe e informa (como en el periodismo), sino que toca, sorprende, insinúa (como en la literatura).
 El yo creativo del escritor se multiplica en diversas ficciones, de desigual logro quizá. En “Lorena”, una boa introducida para acompañar la vida cotidiana del narrador, se convierte en lo extraño y amenazante que perdura, entre la necesidad de orden y seguridad del hombre urbano. “Amenaza en la estación Martínez” es ejercicio de una intertextualidad que atraviesa y une géneros: lo literario, la escritura lacónica y precisa del guión y el plano del cine. Una gimnasia que repite una de las principales fuerzas de los autores principalmente de pluma fantástica: borronear el límite entre la ficción y la realidad. “El llamado de Theda” es una de las prosas más acabadas por su sutileza narrativa. El llamado del amor se convierte en camino gradual hacia una particular ceremonia que es la aceptación de un inopinado destino fatídico. “Como animalitos dormidos” integra la fotografía a la construcción del relato, como la ficción cortazariana “Las babas del diablo”, pero de otro modo. Un niño juega a fotografiar en la sucesión de las noches a sus padres. Intuye que la selección final de las fotos precederá a una revelación. Ese instante de epifanía final no es la captura de la pareja humana como escultura yacente en el primitivismo del sueño, sino el anuncio de la muerte y una despedida. “Anfiteatro para una novia” es la descripción de la lenta gestación de un suicidio de una novia en su ceremonia de casamiento. El tiempo se detiene como en “El milagro secreto” borgiano, o “El puente sobre el río del búho” de Ambrose Bierce. La detención temporal es la oportunidad para el ingreso del narrador dentro de los recuerdos compartidos con la antigua novia que ahora es de otro; y es motivo para  suponer, como un complaciente consuelo, que toda la amenaza de suicidio es la teatralización del deseo femenino para recuperar el amor quebrado y antes compartido con el personaje de la voz narradora. “Estigma” es quizá el relato más notable del volumen. Con magistral habilidad narrativa se inserta en el texto la enigmática presencia de doña Zulma, una vieja que sobrevive a la muerte de sus familiares más jóvenes de la familia Reyes; “aquella anciana, dueña de esa belleza de momia precolombina, esa piel gris, con las venas como bastones de sangre negra, escarpando la piel”, es el sujeto de un inesperado descubrimiento que incluye también al narrador. Y en “El escultor” un psicoanalista imagina que sus pacientes conspiran en su contra. Su paranoia, y la tensión o disgusto con la propia profesión, es parte del proceso en el que el personaje descubre su verdadera  vocación sumergida, su vocación de artista ignorada hasta ese momento, la de escultor. Pero el material con el que el recuperado manipulador del cincel tallará no será la piedra, sino los sentimientos humanos. El tallado de estados psicológicos o anímicos que llevarán a sus pacientes al precipicio y la caída.
 Mi yo multiplicado asegura, más que un comienzo, una continuidad de Di Pace hacia otras músicas literarias en el futuro. Una continuidad en la que, auguramos, la escritura del cuento será honrada y confirmada, como el arte de construir  relatos en los que lo cotidiano se refunda. Se refunda como caja de sorpresas. Cuya tapa es abierta por un lenguaje que sabe bailar y sorprender con las palabras. 

Esteban Ierardo

   
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